sábado, 31 de enero de 2015

URDIENDO VIDA XVII CONSOLADOS PARA CONSOLAR

URDIENDO VIDA XVII
CONSOLADOS PARA CONSOLAR
2ª de Corintios 1:3-4,7
Estaba niño y recuerdo como si fuera hoy lo que me sucedió un 25 de diciembre. Me levanté temprano y me fui para la calle donde varios niños jugaban con sus juguetes, cuando regresé a la casa, encontré a mis dos hermanos menores jugando con unas bicicletas, los estuve observando y al rato mi madrasta me dijo que buscara debajo de mi almohada que el niño Jesús me había dejado un regalo. Niño al fin  corrí alegre a buscarlo y encontré una moneda, que no recuerdo cual era su valor, pero si de lo que hice con ella.
Me fui al patio, entré en el sanitario y la dejé caer por el hueco de la letrina, me subí a una mata de mango y me puse a llorar. Esto no se lo conté ni siquiera a mi abuela que me quería muchísimo. Crecí con el síndrome del desconsuelo reprimido, no se como le dicen a eso los loqueros modernos, antes sencillamente era falta de cariño.
Que triste es vivir sin que te puedas apoyar en alguien que te consuele, los sentimientos son muy sensibles y puedes sentirte solo o ignorado, muchas veces sin razón.
Cuando murió mi papá percibía que las palabras de  condolencia no eran sinceras, a lo mejor estaba equivocado y me arropaba mi carga sentimental. Murió mi mamá y todo fue diferente, ella era cristiana y se sentía en el ambiente un verdadero pesar por su partida, las hermanas de su iglesia me acompañaron en mi llanto, y aun hoy todavía lo hacen.
Recibí a Cristo y ahora veo las cosas de otra forma, y ha cambiado sobre todo a raíz de la muerte de mi esposa. Cuando le diagnosticaron una enfermedad terminal, nos consolábamos mutuamente pero mas ella hacia mi persona, su actitud me fortalecía y un día me dijo que todo lo podía soportar porque Dios la consolaba y le había dado paz.
Cuando falleció no me desesperé por cuanto sabia que ahora Dios seria mi consolador, que me había dejado sufrir estas cosas para que yo pudiera consolar a otros sabiendo lo que se siente.
Dios “nos consuela en todas nuestras tribulaciones” y el propósito es “para que podamos también nosotros consolar a los que están  en cualquier tribulación”.
Hermano querido consuela con misericordia y con amor que es la virtud preeminente en el fruto del  Espíritu.


Euclides Vargas Johnson

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