URDIENDO VIDA XVII
CONSOLADOS PARA CONSOLAR
2ª de Corintios 1:3-4,7
Estaba niño y recuerdo como si fuera hoy
lo que me sucedió un 25 de diciembre. Me levanté temprano y me fui para la
calle donde varios niños jugaban con sus juguetes, cuando regresé a la casa,
encontré a mis dos hermanos menores jugando con unas bicicletas, los estuve
observando y al rato mi madrasta me dijo que buscara debajo de mi almohada que
el niño Jesús me había dejado un regalo. Niño al fin corrí alegre a buscarlo y encontré una
moneda, que no recuerdo cual era su valor, pero si de lo que hice con ella.
Me fui al patio, entré en el sanitario y
la dejé caer por el hueco de la letrina, me subí a una mata de mango y me puse
a llorar. Esto no se lo conté ni siquiera a mi abuela que me quería muchísimo.
Crecí con el síndrome del desconsuelo reprimido, no se como le dicen a eso los
loqueros modernos, antes sencillamente era falta de cariño.
Que triste es vivir sin que te puedas
apoyar en alguien que te consuele, los sentimientos son muy sensibles y puedes
sentirte solo o ignorado, muchas veces sin razón.
Cuando murió mi papá percibía que las
palabras de condolencia no eran
sinceras, a lo mejor estaba equivocado y me arropaba mi carga sentimental.
Murió mi mamá y todo fue diferente, ella era cristiana y se sentía en el
ambiente un verdadero pesar por su partida, las hermanas de su iglesia me
acompañaron en mi llanto, y aun hoy todavía lo hacen.
Recibí a Cristo y ahora veo las cosas de
otra forma, y ha cambiado sobre todo a raíz de la muerte de mi esposa. Cuando
le diagnosticaron una enfermedad terminal, nos consolábamos mutuamente pero mas
ella hacia mi persona, su actitud me fortalecía y un día me dijo que todo lo
podía soportar porque Dios la consolaba y le había dado paz.
Cuando falleció no me desesperé por
cuanto sabia que ahora Dios seria mi consolador, que me había dejado sufrir
estas cosas para que yo pudiera consolar a otros sabiendo lo que se siente.
Dios “nos consuela en todas nuestras
tribulaciones” y el propósito es “para que podamos también nosotros consolar a
los que están en cualquier tribulación”.
Hermano querido consuela con misericordia
y con amor que es la virtud preeminente en el fruto del Espíritu.
Euclides Vargas Johnson
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