lunes, 30 de junio de 2014

PAZ Y FORTALEZA

PAZ Y FORTALEZA
Isaías 26:3-4
Cuando estaba en el liceo participé en un concurso de poesía y cuentos, este debía de ser corto, lo mas corto posible. Los jurados no me dieron el primer lugar porque mi cuento y que era el más largo y cuando me llamaron para darme un diploma como participante se excusaron con ese pretexto. Le hice ver al profesor que yo sabia que ese era un requisito pero que no pude cortar el cuento y que con todo lo largo que lo vieron ellos, siempre me quedó corto el cuento. (Como me quedan todos).
Mi cuento tenia como titulo “Perro que ni ladra ni muerde está muerto”. Relataba las andanzas de mi perro canelo, a el le gustaba acompañarme al  monte, allá corría y se me perdía ladrando y correteando todo lo que se movía y cuando me iba a regresar tenia que buscarlo. Ese perro me acompañó cuando me perdí en la montaña de Agua Viva.
Esto que les voy a contar no es un cuento, es la pura realidad, aunque lo del perro también lo era y la relación entre las dos realidades se las mostraré mas adelante.
Recién ingresado mi hijo PJ  en la universidad, tuvo un encuentro con la adversidad. A un amigo le iban a robar la moto y él se las dio de súper héroe y sin pensarlo mucho se metió a defender la causa, con tan buena o  mala suerte (depende de cómo lo veas), que cuando el atracador hizo un disparo el tiro lo recibió el hijo en la ingle.
Era un martes y  estando en la Iglesia recibí una llamada del hijo diciéndome que había tenido un percance grave y que me viniera rápido para la casa. Llamé a mi mujer para preguntarle que pasaba y me respondió muy tranquila y que el muchacho se había  golpeado  una pierna y  estaba acostado en el piso del porche porque le había dado como un desmayo y no se podía mantener en pie pero que ya le estaba pasando porque ella le había preparado una tomita.
Algo pasaba por mi mente que me decía que el asunto era grave y con el corazón en la boca salí volando de la Iglesia. Por todo el camino venia orándole a Dios pidiéndole  protección para el muchacho.
Ya en  casa lo encontré acostado  en su cama, lo agarré y lo subí al carro y rápidamente lo llevé al Ambulatorio del Silencio. Por el camino me contó lo que realmente había pasado, y que no se lo dijo a su madre por temor que a ella le diera un patatús.
Cuando me dijo lo del tiro y en la parte que lo tenia, fue que me aferré a Dios y solo atinaba a decirle o a murmurar, Dios mío es tu hijo protégelo. (Hebreos 2:13)
En el Ambulatorio lo pasaron directo a la emergencia y una doctora muy competente lo evaluó con todo la premura que ameritaba el caso y después de darnos una orden para ingresarlo en el sanatorio, llamó a la policía de guardia para que lo trasladaran lo más rápido posible.
La joven policía no dejó que  lo llevara en mi carro sino que con mucha cordialidad me dijo “sígueme que yo voy abriendo paso!”.
Cuando el hijo se iba a montar en el carro policial tenia el semblante blanco como un papel, lo ayudé a subir y me salió del corazón, con una convicción interior y una tranquilidad total, decirle: Confía que Dios está con nosotros, no te va a pasar nada.
Yo iba en el carro detrás de la patrulla que sonando  la sirena, hacia que los carros nos dieran paso y llegamos rapidito al sanatorio. Durante el trayecto, oraba pidiendo fuerza para mantenerme tranquilo dejando la angustia y el temor en manos de Dios. Poco a poco me fui  serenando y empecé a cantar una alabanza al Espíritu Santo que dice: “El Espíritu de Dios está en este lugar”. Y repetía lo mismo una y otra vez.
Al  llegar al Sanatorio tenia la seguridad que la bala no le había afectado ningún órgano, era una seguridad que ya había experimentado. La similitud entre las dos realidades es que en ambas tuve miedo, pero como  un toque divino, llegó la tranquilidad a todo mi ser y así como  me di cuenta que no me iba a perder en la montaña también tuvo la certeza de que esa noche no pasaría nada malo. Salmos 28:7.
Estuvimos en el Sanatorio como hasta las 3 de la mañana, le hicieron de todo, radiografías, tactos, exámenes de orina de heces y en todo salía bien, Dios estaba dándole respuestas a mis oraciones y la primera prueba fue con el radiólogo que era un conocido. Le pedí el favor que me dijera lo que veía en la radiografía.
Sus palabras fueron: “Esta vaina es un milagro, no se como hizo esa bala para pasar sin tocar la vena y alojarse detrás de ella  sin llegarle al hueso e la cadera”. El hombre quedó intrigado y le sacó otras radiografías  en diferentes posiciones y que para estar seguro de lo que estaba viendo.
Cuando revisó bien las radiografías me dijo: “Euclides, en el lugar que está la bala es peligroso operarlo, le pueden hacer un daño al muchacho, lo mas seguro es que cuando vean esto lo mandan para la casa”.
Mientras trasladaban al hijo en una silla de ruedas para el consultorio, me metí al baño y solo atiné a decir, Señor 20 puntos y salí de allí con una sonrisa en la cara y me fui a acompañarlo al consultorio de la emergencia. Ese día estaban de guardia una pareja de doctores, ellos ponían las radiografías en la luz y las miraban, se miraban y hablaban entre ellos, miraban al hijo y seguían mirando las radiografías, y yo los miraba a ellos y me regocijaba  solito.
La enfermera le dijo al hijo que se fuera para la basílica y le ofreciera una misa a la chinita por haberle salvado la vida. Que bochorno para un cristiano. A las 3 de la mañana como les dije antes, me dieron una receta y que para el dolor y una orden para una tomografía y que cuando la tuviera viniera a tomar cita.
El diagnostico del traumatólogo cuando le llevé la tomografía fue que en la parte que tenia alojada la bala no le iba a afectar en nada y que se parara de la silla de ruedas e hiciera su viada normal que el dolor se le iba a pasar con el tiempo y a la larga no se acordaría que tenia esa bala en el cuerpo. Lo que sucede es que cuando viaja en avión y hay detector de metales estos dan la alarma.
Ha pasado el tiempo y con el he venido atesorando experiencias de confiar en Dios, como lo hicieron los grandes hombres de la Biblia que no confiaron en sus fuerzas sino en el poder de Dios. (2ª. de Corintios 3:4-5).
 Tengo en mi casa la prueba viviente que Dios puede desviar la trayectoria de una bala y eliminar cualquier peligro que amenace a uno de sus hijos.
 CONFIA, QUE EL TE DARA PAZ Y FORTALEZA.

Por: Euclides Vargas Johnson
                                                            Churchil15@HotMail.Com 

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